RESEÑA HISTÓRICA DE NUESTRAS DANZAS FOLKLÓRICAS
En el
correr del siglo XV se produjo en Europa una gran transformación en
materia de danzas. Según el musicólogo alemán Curt Sachs “pasó la era de
la espontaneidad” y se separaron para siempre la danza cortesana y la
danza popular. Surgieron los maestros de danza profesionales, llamados a
ocupar posiciones de respeto y con ellos aparecieron los tratados de
baile. Estos maestros vinieron a reemplazar a los antiguos danzarines
errantes, al igual que los juglares. Así, la danza cortesana restringió
sus movimientos, a lo que contribuyó grandemente la vestimenta de la
época. Desapareció toda improvisación y la pantomima, que antes era
libre para expresar las emociones sin convencionalismo, se estancó en
formas fijas que le han dado los maestros de baile.
Esta misma
diferencia se advierte al estudiar las danzas en nuestro país durante la
época de la colonia y aún después. Por una parte, tenemos las rígidas
danzas cortesanas, como el minué y la contradanza; por otro, las
danzas picarescas, como el fandango, la tirana, las seguidillas y el
bolero, antecesores de nuestras danzas criollas, que fueron adquiriendo
fisonomía propia sobre todo en el correr del siglo XIX. Estas últimas
danzas son las únicas que se conservan y traen consigo hasta nuestros
días su deliciosa espontaneidad, cuando se ejecutan en su propio
ambiente popular. Adquieren, en cambio, algo de la rígida
esquematización de la danza cortesana cuando se desarrollan de acuerdo
con la enseñanza de “maestros” que las reducen a las figuras fijas para
facilitar su transmisión.
La existencia de maestros en algunos
lugares y el aprendizaje espontáneo en otros explica por qué difiere la
coreografía de las danzas de una a otra región o ambiente y de una a
otra época. Por eso, nuestras danzas criollas, así como las conocemos
hoy, inclusive en muchas provincias, son productos híbridos de la
antigua libertad de expresión y el juego coreográfico con la
esquematización posterior, introducida por vía culta con los maestros de
baile. En nuestros días, la libertad en el juego coreográfico de los
bailes criollos va siendo reemplazada cada vez más por el diseño fijo. Y
estas formas rígidas llegan poco a poco a los últimos rincones del
país. Las danzas, como todos los bienes de la cultura, están destinadas a
renovarse y están sujetas, además, a la ley de ascenso y descenso que
señalara Carlos Vega en esta materia. Las danzas picarescas han vuelto a
los salones y las antiguas danzas de salón han transfundido algunas de
sus figuras en aquellas para no morir. Las danzas modernas, en cambio,
han llegado ya a los últimos rincones campesinos y atraviesan el período
de prueba.
En concreto, en nuestro país no se da nombre de
baile alguno, sino a partir del siglo XVIII, en que se citan danzas
cortesanas, lo mismo en Buenos Aires que entre los indios de las
reducciones. El pueblo, en cambio, practicaba diversos bailes de la
familia del fandango y el
fandaguillo en unos casos, y remedaba
las danzas de los “principales”, en otros. A principios del siglo XIX y
sobre todo después de la independencia, afluyen al país los viajeros
que anotan en sus diarios muchas costumbres que hoy interesan al
folclore. Por estos viajeros, se amplía el conocimiento de los bailes
practicados en gran parte del país. Hasta mediados de siglo se menciona
el minué, la contradanza y el vals, tanto en Buenos Aires como en
salones de provincias junto con “danzas del país”, entre ellas las que
en algún momento reciben figuras de la contradanza: el cielito, el
pericón y la media caña; dos especies de minué acriollados: el montonero
(llamado “federal” en la época de Rosas), la condición, el cuando y la
sajuriana, y otras danzas picarescas como el fandango, cuyo principal
representante es la zamacueca. Estos bailes llevan figuras más o menos
refinadas, según el ambiente en que se practiquen.
A mediados de
siglo, el panorama bailable de las ciudades cambia en cuanto se
incorporan la polca y la cuadrilla, danza esta última que reemplaza a la
contradanza. La polca cobra rápido arraigo, al punto que ya en 1843
William Mac Cann menciona a esta danza junto al minué y el vals como
parte de las danzas peculiares del país. Por esa época se introduce
también la mazurca, que los guitarreros aprenden, pero las danzas
criollas siguen ocupando un lugar preferente, sobre todo en los lugares
menos sujetos al imperativo de las modas que lanza Buenos Aires. Entre
tanto, la polca, el chotis y la mazurca continúan su penetración,
mayormente en el litoral, donde poco a poco estas danzas se aquerencian
hasta hacerse campesinas; sobre todo la primera, cuya coreografía
pervive porque se ha adaptado a músicas preexistentes. Esta virtud
acomodaticia de las danzas nuevas con músicas antiguas es muy común, al
punto que la polca se ha llegado a bailar con música de mariquita,
perdiendo esta última danza en la región de La Rioja y Catamarca, su
propia coreografía. En Buenos Aires, a su vez, se mezcla la polca con el
gato, y nace la variante del gato polqueado. Además, la mazurca
pervivirá en la ranchera, y la habanera se fundirá con el tango. Las
danzas de cuadrillas, de figuras demasiado numerosas, se conformarán en
cambio con dejar algo de sí en las danzas criollas, y mucho en el
carnavalito norteño.
Ya hacia fines de siglo se produce la
separación entre las danzas de los salones y las criollas, como
consecuencia del triunfo del nuevo tipo de coreografía que interpretan
parejas tomadas en franco abrazo. El pueblo netamente criollo, muchas
veces alejado de los centros de cultivo de las nuevas danzas, siguió en
cambio practicando sus viejos bailes de parejas sueltas o ligeramente
enlazadas.